REVELACIONES UTÓPICAS - VESTIGIO

Ximena Gama

 

 

A lo largo de la historia el plantear un mundo ideal ha sido, quizá, una de necesidades más arraigadas de la humanidad.  Habría que remontarse a Platón donde en sus diálogos ya se formulaba no sólo la construcción de un estado ideal,  sino también se realizaban constantes menciones a  leyendas de un mundo inexistente: la  Atlántida. Habría también que rememorar cómo siglos más tarde aparecen esas manifestaciones románticas y nostálgicas de Arcadias perdidas, un pensamiento que dio lugar a manifiestos políticos ligados a la construcción de nuevas naciones. Escenarios ficticios que están arraigados a una promesa de felicidad y a la idea de un estado de perfección de la humanidad muy difícil de no  anhelar. Ideas regulativas transformadas en ideas políticas que de una u otra manera siguen insertadas en el mundo. Traerlas  de regreso, mirarlas críticamente, retomar esos mitos como el de la Atlantida, la Torre de Tatlin, la Torre de Babel, o ficciones como las de Fritz Lang en su película Metrópolis,  tienen que ser  constantes del pensamiento y de nuestra historia cultural. Una insistencia que en la obra de Franco se repite, se configura, aparece y desaparece.

 

"Vestigio" es una exposición que debe mirarse a través de estas  múltiples capas. Hay que tener presente no sólo las intenciones  narrativas de la muestra sino también  preguntarse por cada uno de los motivos -pictóricos, técnicos, etc...- que  pueden recorrerse en ella. Ante todo hay que  traer a un primer plano cómo el grupo de obras presentada por primera vez en México pueden ser comprendidas en relación con cada una de las exploraciones de los últimos años del artista: la pintura, la arquitectura, la literatura. En últimas, la ficción..... y  "ficción" como esa palabra clave que las comprende y las teje.  Ella entendida como la capacidad única no sólo de hacer sensible sino también posible un mundo en concreto. La capacidad del arte, y en el caso que nos ocupa hoy, de la  pintura, de hacer presente esos mitos y  con ellos también su ruina.  Cuestionamiento crítico al que Jaime Franco no es ajeno.

 

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En los años 90  Franco realizó una serie de obras  en las que exploró un interés por el color, la expresión y la forma. A través de formatos de grandes dimensiones, este trabajo inicial hizo énfasis en una tarea donde la  pintura se revela  por sí sola. A través de la insistencia o la repetición de la técnica y soporte, Franco halló el modo de indagar por su naturaleza, y encontrar así la experiencia propia del color en el lienzo.

 

Este primer momento llega a su cumbre con la consciencia de un interés por la relación entre la construcción de ciudades y de arquitecturas específicas con la evolución y la perfección de un estado humano. Un interés que se venía acumulando desde sus primeros años de estudio en la facultad de artes y en su paso por la facultad de ingeniería y que se  convirtió en el referente explícito de esta última etapa. Una reflexión que llevó a que su obra se moviera entre esos gestos iniciales sobre la pintura, y una posibilidad histórica y narrativa sobre un ideal. Su trabajo actual va más allá de esas expresiones literales del color encima del lienzo, de la fuerza y la destreza de un brochazo en relación a otro, y ahora co-existe junto a la pregunta y la posibilidad, inclusive histórica, de una estructura utópica.

 

Las obras  que conforman  “Vestigio”, exposición realizada en el el Museo  de los Pintores de Oaxaca (MUPO), representan la búsqueda que Franco ha realizado en  estos últimos años. El estudio de estructuras ya mencionadas como la Torre de Babel, las torres de agua, o la Torre Tatlin  es puesto en escena a través de un modo de trabajo que bien podría llamarse develado de la pintura:  una labor donde predomina el uso de capas para descubrir y cubrir la imagen. En cada una de las versiones arquitectónicas que aparecen en sus sus obras predomina el gesto de develar a través de una transparencia o encubrir a través de una sombra. El recubrimiento de color funciona como una capa cuyo conjunto deja ver una totalidad, en este caso, de estructuras  imposibles que se revelan y que se hacen presentes.

 

Esta técnica le ha permitido realizar una obra que dialoga con el expresionismo o la figuración. De hecho, en un momento de la historia en donde estos movimientos son pensados por algunos como caducos,  aquí  resurgen como líneas tangenciales en su trabajo. Lo interesante es que Franco no se circunscribe a ninguno de estos movimientos y, sin  jamás dejar de lado la pintura, convive entre ellos en una especie de limbo. Esta dinámica puede comprenderse a través de esa postura que ha tomado fuerza en los últimos años y que afirma que  la pintura contemporánea  deja de definirse en términos de figuración vs abstracción o expresión  para moverse entre en un acto “figural” (1). Un acto en el que sin renunciar a lo sensible y al objeto concreto, la imagen aparece, no como una narrativa tipo copia-modelo, sino que a través de ella  cobra importancia la materia misma, en este caso, el color y la línea. Existe una representación, pero ésta se convierte en el canal desde donde se habla de la experiencia y la posibilidad misma de la pintura.

 

Tanto la obras en lienzo, como las realizadas con laminilla de oro sobre encáustica son prueba de ello. “Panóptico” (2007) como “Cúspide” (2010) son claves para entender esta forma de trabajo; un color sobre el otro, capas que se traslucen entre sí y finalmente la estructura que sale a relucir. También pinturas de la década de los años 90 como  “Cerco” (1998)  dejaban ya percibir estos rasgos que se consolidarían 10 y 15 años más tarde. Un rasgo que quizá sin intención por parte del artista se concretaría en un gesto donde se representa lo que es imposible, pero a la vez se cuestiona la fortaleza propia de una estructura.

 

Sin embargo, son los murales que realiza con barro desde hace más de un lustro los que se levantan como cumbre de todo este proceso. Por un lado, la naturaleza del material utilizado muestra cómo éste tiene una vida propia (la densidad natural del barro es la que devela ciertas partes de la estructura o del dibujo inicial), y, por otro, una estructura en concreto que por su misma imposibilidad de realización se convierte en la metáfora perfecta para hablar sobre la misma  historia de la pintura. Un medio que se erige al igual que el barro en su naturaleza ambigua, por un lado en esa majestuosidad del material (utilizado para levantar ciudades y civilizaciones), y por otro como aquello destinado a desaparecer, algo que finalmente será anulado.

 

Esa versatilidad con la que el artista le ha dado planteamientos distintos a un mismo tema y a un mismo recurso es un fiel testimonio de que en su caso la técnica no se agota, sino que, al contrario, se va re-descrubriendo constantemente. Hecho que también puede decirse de la re-lectura que ha realizado de mitos clásicos y contemporáneos que esta era  ha heredado. Aquí el abordaje de la Atlántida, la Torre Tatlin, la Torre Babel dejan de ser un pretexto pictórico, y traen de nuevo al frente una preocupación, incluso política, sobre una estructura y un deseo occidental. Una preocupación sobre la posibilidad e imposibilidad de la realización utópica, y las consecuencias que ella ha dibujado y que muchos han circunscrito como la ruina del pensamiento. El artista es consciente de que la manifestación arquitectónica en muchos casos ha sido “una especie de elocuencia del poder expresada en formas” (2). La indagación constante que realiza sobre estas imágenes y este tipo de geometrías, revelan también una consideración política, mundana, atravesada  por la historia del arte, de la pintura, de las letras, en últimas, por la historia de la cultura.

 

 

1. Ver: Andrea Pinotti, Estética de la pintura. Ed: Balsa de la Medusa. 2007

2. Sobre este tema resulta interesante leer el artículo de Miguel Abensour publicado por la Revista de Estudios Sociales #35: De la compacidad. Arquitecturas y regímenes totalitarios.

En: http://res.uniandes.edu.co/view.php/640/index.php?id=640

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