CENTINELA DE BABEL

Juan Manuel Roca

 

 

Inserto en la idea de Rothko, pero sin ninguna condición mimética, en esta obra y en esta sala se puede reiterar que un cuadro, que una construcción estética, no es “la imagen de una experiencia” sino una experiencia en sí misma. 

Hay acá una especie de diálogo de fronteras, desde  lo inexpresable, desde arquitecturas improbables y formas abiertas, a las que el artista les otorga una congruencia, un maridaje establecido entre la idea y la imagen, así como el sonido es en la poesía el eco del sentido.

No hay una adhesión a los principios restrictivos de las formas cerradas, se trata acá de un acto simultáneo de creación y recreación. Tendiendo puentes que van de lo imaginado a lo invisible, atrapando “vestigios de realidad”, como llamó Picasso a los procesos abstractos, asistimos en esta muestra de Jaime Franco a la impronta de una Babel de torres, de paisajes inconclusos como el del viejo ruso que vio en el suprematismo un arte nuevo y liberador.

 

En esta Babel que también erige arquitecturas del no-lugar, seduce que su lenguaje encriptado, es decir metafórico, nos entregue una “desintegración de las artes” o, mejor, una fusión que las involucra y nos conduce a la velación de las palabras difuntas. De las formas que se omiten, otra vez como ocurre con la escultura en el vacío y con la  palabra en el poema.

No se trata, me parece, de gesticular el trazo sino de ocultarlo, como se hace desde los valores cálidos de la penumbra que dicen sin decir, que como en la arquitectura nos habla desde una música congelada.

 

Dante, Brueghel, Piranesi, Salmona, Tatlin y su antecesor Picasso pueden participar de esta misma Babel, más que como en un palimpsesto, en un diálogo entrecruzado por luces y sombras, en un concilio secreto de torres cuyo esperanto es el silencio.

Como en la vieja torre bíblica levantada con argamasa, con betún y con barro, los diversos materiales con los que trabaja Franco nos hablan del mestizaje de la lengua en las artes, de sus secretos vasos comunicantes.

Sus construcciones, una suerte de paradigmas del sueño y del azar controlado, sus galerías de penumbra, atrapan una realidad que se mueve en las fronteras de lo inexpresable.

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