TORRES DE VIENTO

María Belén Sáez de Ibarra - Galería El Museo

 

 

Arquetipos del deseo. Imágenes mentales de lo que desearíamos poder construir en el sentido más utópico, mas liberado de la posibilidad de un mundo guiado por la razón. Construcciones de un imaginario que conjuga como un verbo el espacio del abismo en que una grieta es la utopía de lo que no hemos sido como seres vivos. Seres debatiéndonos entre la pesadez de los cuerpos y la materia y entre lo que pudiera llegar a ser un espíritu que aspira a realizarse en la idea poética de una arquitectura síquica, vecina de la literatura. Es la arquitectura del deseo que algunos artistas se atreven a bosquejar.
 

Jaime Franco retoma los arquetipos de la tradición de “los pueblos del libro” de la cultura del judaísmo con sus mitos fundacionales de la tierra prometida y de un único dios que domina el destino último  de los hombres imposibilitados de desear un lugar más allá que la tierra ocre que pisan. Mitos que preceden a la cristiandad y que son pervertidos por un pueblo desobediente e irreverente como queda consignado en La Torre de Babel, que siglos después retoma Fritz Lang en Metrópolis, la ciudad futurista dominada por la inteligencia avara al servicio de la producción maquinista. Imagen  que igualmente parecen querer recrear los registros fotográficos de las torres industriales de agua que obsesionaron a Bernd and Hilda Becher en sus Water Towers. Igualmente El Templo de Salomón viene a ser este lugar que se alza como una promesa de adoración al dios único y que jamás fue realizada.


Torres de viento alude a la idea de dejarse llevar del pensamiento más gaseoso para manipular su hondura y su perversión. Franco estudia en su análisis propio de la arquitectura y de las proporciones y contrapesos de la ingeniería, las  imágenes de estos mitos  en los vestigios de una arquitectura del deseo que nos llega a través de planos, dibujos, maquetas, películas, y fotografías. Imágenes heredadas  del acervo patrimonial artístico de occidente  fraguado a través de la tradición judeo-cristiana de nuestra cultura. Franco se sumerge en  estos indicios artísticos de la arquitectura del deseo, midiendo las distancias, racionalizando los planos, colocando las imágenes en distintas perspectivas, pensándolas en su posibilidad material para luego volver a deconstruirlas a través de un dibujo plástico guiado por las leyes de la pintura orgánica y del barro, estableciendo un orden nuevo de perspectivas que al mismo tiempo van siendo sepultadas por sucesivas capas. La línea del dibujo domina la escena imposible de estos desequilibrios y formas sobrepuestas.


La Torre de BabelEl Templo de Salomón y sus actualizaciones de la pintura del renacimiento; la torre de Fritz Lang; las Cárceles de Piranessi; y las Torres de Agua son el Leit motiv de este ejercicio poético de Franco; incluso La botella secador de Duchamp hace parte de las apropiaciones en su ejercicio fantasioso. 
 

Una de las piezas más poéticas de esta muestra es la intervención que Franco realiza en el espacio de la Galería El Museo, con barro sobre las paredes en donde encontramos por un efecto óptico y pictórico un espacio mental que se configura como un cubo, falsamente tridimensional. Una arquitectura imaginada por un deseo inconcluso e inalcanzable -pero vívido- de engendrar la realidad mas allá de los límites de la tierra prometida y de su dios autoritario y castigador, para bien o para mal. Quizá para nuestro bien y para nuestro mal.

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