ARQUITECTURAS RITUALES

    Oscar Roldán-Alzate

 

                     “...la gran obra de arte tiene menos importancia en sí misma que en la prueba que exige a
                       un hombre y la ocasión que le proporciona de vencer a sus fantasmas y de acercarse un
                       poco más a su realidad desnuda"

                      Albert Camus

 

  Construir y destruir son verbos que se complementan tan singularmente que parecen ser dos partes de la misma dinámica en la obra humana. Toda creación es necesariamente antecedida por algo que será convertido en otra cosa; incluso, si esta creación consiste simplemente en cambiar la función de un objeto, o imprimirle a éste un sentido ritual distinto, la destrucción es ineludible. Crear incorpora el destruir para construir en una operación que se repite al infinito. Esto solo es posible comprenderlo si nos aprestamos a asimilar el misterio del “Eterno retorno”, esa oscilación del tiempo que las civilizaciones de oriente adoptaron para no perecer.

 

  Jaime Franco (Cali, 1963) se sabe y reconoce en esta astucia. Hace cerca de una década intentó una pintura distinta. Una pared fue el soporte para la representación pictórica de una arquitectura utópica. Valiéndose sólo de tierra blanda y frágil, el pintor proyectó una construcción sobre lo construido. Él sabía muy bien que ejecutar esa suerte lo emparentaba con Sísifo, pues una vez terminada la faena, su pintura –como la roca que el Rey condenado de Corinto debe subir incansablemente por la montaña–, volvería a lo más bajo de la colina creativa, a la nada que veda cualquier logro, al lugar donde comenzó su esfuerzo. Entonces, ¿para qué emprender un proyecto que irremediablemente no podrá escapar al origen?.

 

  Desde entonces, franco –como es su nombre–, el pintor alimenta el ansia que sólo la disciplina da garantía de alcanzar. Ora et labora, la sentencia benedictina, se presta para vivir en los dominios del arte con la conciencia de que todo hecho es pasado y solo el pasado tiene la capacidad de vislumbrar el futuro. En este sentido, el arte es rito que recrea los mitos de la Historia y del origen mismo de las cosas que nos hablan desde su condición de ser, en una realidad que pocos alcanzan a entender, quizá, si, sufrir.

 

  En la obra de Jaime Franco no se evade el hecho de que la pared es casa. No obstante, su superficie es vuelta templo de tierra con dibujos finos que contrastan con el burdo material, y que trae a la memoria la hoguera de todos los tiempos y de todos los pueblos. Una y otra vez esta pared recibe nuevos trazos de lodo; versiones distintas del mismo templo que se yuxtaponen sobre la visión anterior. El palimpsesto habla con la fuerza de Babel y se expande a nuevos horizontes esperando la fatídica hora de que regrese el blanco, que no es otra cosa más que el vacío, para lavar la memoria. El rito intacto.

 

  Entonces, se dibuja en el rostro de Franco la misma sonrisa desgastada que aparece sobre el de Sísifo –narrado por Camus–, al ver rodar cuesta abajo la roca que tanto esfuerzo le tomó subir por un terreno imposible. Sin mayores aspavientos el pintor escucha su interior para responder la pregunta sobre por qué crear algo que va a ver destruido tan pronto culmine su construcción. La respuesta es tan dura y simple que sorprende. Para ser libre. Mientras tanto aprende que la repetición copiosa de la misma acción noble y desinteresada trae consigo la sabiduría.

 

 

Oscar Roldán-Alzate

Director Extensión Cultural, Universidad de Antioquia.